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Navegando el Estrecho de Gibraltar

Ayer me sentí Pigaffeta,

Bueno, como en las buenas aventuras, a uno se le amontonan las sensaciones y emociones por compartir. En unos escasos días formando parte de la tripulación de la Nao Victoria, me resulta difícil elegir cual de ellas escoger para poder compartir, pero es quizás la vinculacion que he sentido con aquellos tripulantes que dieron por primera vez la vuelta al mundo, las que más me han cautivado. Cuando viajo siempre lo hago de la mano de la imaginación, ella es la encargada de recrear los escenarios históricos que visito, y hacerme sentir, con gran lujo de detalles, en la piel alguno de los personajes que allí habitaron. Esta vez el escenario es tan real, que la imaginación puede dedicarse a conectar con el pasado de una forma sinigual.

Empecemos por el final...

Ayer, en mi primera guardia nocturna amarrados a puerto (me encanta sentirme un grumete), me senté bajo la tolda, en lo que hoy y ayer era el comedor de los oficiales, completamente abierto a las inclemencias del tiempo. El silencio de las afueras del puerto de Benalmádena y la suave brisa no podian ser más perfectos para escribir. En la Nao, la situación era un fiel espejo del exterior, tranquilidad y silencio.

Allí sentado durante unas horas, saqué el cuaderno y la pluma, y entre el suave crujir y balancearse del barco, me puse a escribir. ¡Que auténtico placer señoras y señores! Me sentí teletransportado en el tiempo, conectado de inmediato con el personaje que contribuirá a hacer de esta experiencia algo aún más real, el caballero Antonio de Pigaffeta. Pues al final, los escenarios en los que elegimos vivir son infinitos, y alineados con los sueños, la imaginación y la determinación, llegan al punto de convertirse en algo muy real, tan real, que lo estás viviendo. Me viene a la cabeza una canción que está muy presente entre gente del sur... "vive la vida, igual que si fuera un sueño" del gran Camarón. 

Bueno, como os decía, sumido en el éxtasis de poder escribir en este escenario, me puse a rememorar algunas de la sensaciones, y la más intensa que me vino a la cabeza ha sido sin duda la de navegar con el trinquete henchido gracias a al viento de popa. En ese momento, durante la guardia del capitán, la primera de la mañana, me tocó ponerme al timón de la Nao Victoria. Las coordenadas nos situaban a punto de entrar en el Estrecho de Gibraltar, ¡este viajero no se ha visto en otra igual!

La proa de la embarcación subía y bajaba rebasando la línea del horizonte, y desde el puente de mando, se podían sentir los primeros rayos de un amanecer nuevo. En un amanecer navegando en alta mar, sin sombras proyectadas de ningún tipo, el Sol lo llena todo. Se levanta para hacerse el dueño y señor del Océano, con una prepotencia tan solo a la áltura de un gran rey, y este si, por la gracia de Dios.

La Nao Victoria es un barco con alma propia, la energía de cada ola surcada, acumulada en su casco tras 30 años de navegación, son perceptibles para aquellos que son capaces de sentir la energía de los lugares. Sobre su cubierta pilotando, y entre los "¡quillocabeza!" y los "caguendió" en acento gaditano del capitan de la Nao, la conexión con los elementos es mucho más perceptible de lo que pensé. El agua, que pasa por la quilla para acabar acariciando el timón, se siente fácil cuando uno conecta con la madera de la que está hecha la Nao, vibra poco, pero vibra con cada salto de ola. El viento, ¡puf! ¡que decir del viento!, en esta semana navegando, he estado más en conexión con mi elemento que nunca. Antes le llamaba viento a todo, ahora les estoy conociendo por sus nombres.

Ese precioso día, que comenzó saludándonos con la mar en relativa calma y un amanecer desmesurado, me regaló también una tarde subido al carajo (la "cesta" situada en lo alto del palo mayor) con una vista impresionante del horizonte... a la izquierda, en representación de Europa... ¡la costa tarifeña!, a la derecha y en representación africana, ¡la tangerina!. Me sentí, (como es fácil adivinar), como el latir escrito de Espronceda, "Bajel pirata que llaman..."

La noche comenzó subiendo por las empinadas escaleras madera de la bodega a cubierta. Levantar la mirada al cielo de las mil millones de estrellas, desde la base del palo mayor de una embarcación cómo está, con las dos jarcias levantadas como escaleras al Universo, es de esas imágenes a la que le presto unos segundos de mi atención consciente cada noche. Arriba, el bamboleo elíptico de la punta del mástil sobre el inmenso cielo, el sonido del viento de poniente, y el crujir de la madera, servían de puente con aquellos hombres del pasado. Estaba contemplando la misma vista que Magallanes o Juan Sebastián Elcano...

¡Hasta la siguiente!

Navegando el Estrecho de Gibraltar Reviewed by Miguel Tárrega Fernández-Mellado on 8:15:00 Rating: 5

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