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El día en que me convertí en viajero.

Puerto Carmelo, Paraguay. 21 de Julio de 2013.

Seis de la mañana, y un solito encantador salía conmigo del hotel de mala muerte en el que tuve el placer de disfrutar, la noche anterior, del mejor karaoke paraguayo que la ciudad de Concepción ha tenido el placer de ofrecer al mundo... Y yo estaba allí!! Si señores, si... aún no me lo puedo creer...
Y teníais que ver como se movía la madre de todas las cucarachas!! Que ritmos!! Sólo se podían comparar a los sinuosos movimientos del culo de la recepcionista, quien embutido en un panty de leopardo, y disfrutando del estilazo con el que su dueña "flotaba" sobre sus tacones, no escatimaba esfuerzos en intentar seguir el ritmo de la mandíbula de tan bella dama, fruto sin duda de largas noches de drogas y karaoke, paraguayo, no nos vayamos a confundir... 
Bueno el caso es que inexplicablemente había dormido como un rey, y a las siete de la mañana salía dirección al puerto fluvial de una pequeña ciudad, que a esas horas ya contaba con sus primeros transeúntes entre sus polvorientas calles. Anduve durante unas cuadras y al llegar la escena que se abrió ante mis ojos parecía sacada de una película de principios del siglo pasado... 
Un gran charco de barro entre dos pilares redondos de hormigón hacía de destartalada entrada al puerto y justo al lado, una estatua dedicada a los soldados caídos durante la guerra de chaco (de cuando Bolivia intentó hacerse con parte del chaco paraguayo para así poder obtener una salida al mar por medio del río Paraguay) daba sombra a un militar, este si de carne y hueso. 
Antes de acercarme hasta el barco, eché un vistazo muy por encima y ya el asunto prometía, el Aldabadan II, un destartalado pero gran carguero de madera, de unos setenta metros de eslora, acomodaba su cubierta a la cantidad de mercancías que le iban cargando con más prisa que orden, o al menos eso es lo que yo pensaba...  
Tras preguntarle al militar por la oficinas de la "naviera", me vi sentado frente a un tipo muy simpático que detrás de una mesa de madera, y anotando todo en un gran libro, se encargaba de dar los últimos vistos buenos de rigor. Allí me extendió de su puño y letra, el billete que me conduciría sin saberlo a una de las experiencias más chulas del viaje, y antes de despedirme me dijo: - "Cuando deje el equipaje, busque al cocinero, el le asignará su hamaca". "Puff... Encuentra tú, en ese jaleo de personas, al cocinero...", pensé yo. 
Con mi billete en la mano y tras tomarme un cafetito con leche decidí entrar en el barco para dejar las mochilas, y al cruzar los tablones de acceso al barco, tomé realmente dimensión de donde estaba. Pisé la cubierta sorteando personas y al entrar entre aquellas dos estrechas puertas que conducían al inferior del barco, flipé. En un pasillo estrecho y oscuro la luz del sol se filtraba únicamente por el hueco de las ventanas que los tomates, pimientos, cebollas, plátanos y tropecientos artículos más habían dejado libre, y este espacio no era mucho, con lo que entre la escasa luz, el bullicio de las personas entrando y saliendo, el olor y la grandísima amalgama de colores que en ese momento se presentaba ante mis ojos, se dibujó en mis labios una  media sonrisa de complicidad conmigo mismo: "Esta experiencia va a a dar para mucho..." 
Me encaminé hacia la parte de arriba del barco por una escalera que daba acceso a uno de los dos pequeños pasillos flanqueados por bancos de madera y situados uno a babor y otro a estribor, esta escalera, además, separaba el puente de mando y el único camarote situado en el centro de la embarcación. 
Detrás, en la confluencia de ambos pasillos, un espacio dividido tan sólo por un par de columnas de hierro pintadas, hacía de sala común y de entrada al resto de los seis camarotes, tres por cada lado. Esta "salita común" era donde estaban ubicadas las hamaca, y que cuando daban su utilidad correspondiente, entre la estrechez de la salita y el acceso a los camerinos pasar por ahí era como asistir en primera persona a un programa de Humor Amarillo.  
De momento, me dije, busca un sitio entre los abarrotados pasillos y mal utilizados bancos de madera, para dejar las mochilas, y luego ya veremos..., dicho y hecho, ahí las dejé, apoyadas en la parte de atrás de camerino principal, y acto seguido baje directamente a tierra a comprar agua y a saborear el momento desde otra perspectiva... 
Observar el barco de madera, con su ajetreo de idas y venidas, con sus voces en un guaraní (idioma de los indios guaraníes autóctonos de la cuenca del río Paraguay) que si algo tenía de español era tan sólo lo referente a las cifras..., su bullicio, metiendo y sacando todo tipo de materias primas y materiales: sillas, sofás, tubos para construcción, latas de cerveza (a miles) y así un largo etcétera..., me hizo tener ante mi vista una muestra inequívoca de cómo eran los puertos hace un siglo. Esta vez no era cuestión de echarle imaginación, esta vez lo estaba viviendo!, y además con la inmensa fortuna de que yo era uno de los pasajeros que remontaría el río Paraguay en una hora escasa. 
Bajé del alto en el que me encontraba de nuevo en dirección al barco, y al mezclarme en ese bullicio, atravesando previamente la explanada central, me di cuenta de que nadie me miraba, de que me acercaba al barco con una mezcla de seguridad en mi mismo, por los kilómetros recorridos ya, y de mimetismo con el ambiente, que realmente me sorprendieron, así que bajé totalmente las barreras defensivas que estar de viaje en países extraños te hace tener activas y me preparé para vivir una de las experiencias de mi vida... 
Me instalé haciendo un poco de sitio con el culo, la clásica de "disculpe me deja un huequito...." ya que veía que eso era un poco la ley de la jungla y que o estaba avispado o me iba a tocar hacer el viaje de pié. 
La gente colocaba sus bolsas, de todo tipo y color, en el banco de los asientos, no para guardar el sitio a la madre anciana o al niño pequeño, sino para que cuando llegase a hora de dormir tuviesen sitio en el banco para tumbarse! Yo afortunadamente me senté en el pasillo de las madres chungas, y diez minutos antes de la salida estaba bloqueado por un colchón en el suelo lleno de niños, bolsas varias, y la determinación firme de que por ahí no pasaba ni el capitán del barco, yo situado en el extremo de entrada a ese pasillo, disfrutaba de las caras que ponían los valientes que se asomaban para pasar por ahí... tardaban décimas de segundo en concluir que cruzar aquel pasillo hubiese sido más complicado que burlar a los cancerberos, si pasas y pisas a alguien... estas jodido colega. Así que rápidamente se aventuraban por el pasillo opuesto. 
Los personajes se fueron presentando poco a poco. Primero pasaron los últimos vendedores del puerto: el frutero, con sus bolsas de fruta empaquetada, "¿diez plátanos?, y que hago yo con diez plátanos!, véndeme dos" el tipo se negaba, así que convencí a las dos madres que tenía al lado para comprar entre tres, eso sí en un castellano acompañado de símbolos, porque como comentaba antes aquí del idioma patrio, ná de ná, lo hablan muy pocos y los que lo hacen lo hacen mezclado con guaraní. También pasó el de los periódicos, el que vendía chipas (especie de torta de harina y queso) y pan, el de los chicles y caramelos... Por último alguien me dijo, su "tiket y nombre" y el rápido vistazo que eché a la casilla de nacionalidad en la lista donde apuntaba mi nombre con una perfecta caligrafía, me confirmó lo que ya suponía, el único extranjero del barco, el menda lerenda, bien!  
Esperando que retirasen los cabos que amarraban el barco al puerto, me concentré en lo que ocurría a traves de la ventana de madera y sin cristales. Fuera, se desplegaba un abanico de realidad al que se le podía sacar mucho jugo... allí, y según iba avanzando la mañana, se podía apreciar como se habían adaptado los indios guaraníes y su cultura a un modo de vida, diferente en parte a lo que habían vivido sus antepasados hasta hace un par de siglos, y en otro punto me hace pensar que no tan distinto, ya que estos utilizaban el río como medio de comunicación y transporte. 
Sobre un pequeño montículo charlaba el capellán de la iglesia de aquella pequeña ciudad, con el militar al que antes había preguntado y, junto a ellos, un hombre bastante enorme vociferaba y reía en guaraní mientras los chavales más jóvenes y los no tan jóvenes iban cargando poco a poco a sus espaldas las innumerables mercancías... la escena contaba con muchas más personas charlando también en animados corros mientras, de mano en mano, se iban pasando el tereré (yerba mate con agua helada, aderezada con raíces para combatir diferentes males), del que sorbían, estoy convencido, como hacían antaño.
Cuando finalmente estuvo todo cargado, y con puntualidad británica, algo asombroso por aquellas tierras, el barco cargado hasta la bandera (paraguaya), se fue separando poco a poco del puerto, y con cierta pereza matutina, su ruidoso motor empezó a ronronear bajo las aguas del río Paraguay.
Las primeras horas de adaptación a aquella realidad que me acompañaría por dos noches y dos días días, no dejaron de ser menos curiosas, ya que por ejemplo la señora que estaba sentada a mi lado pegó un grito por el susto que le había producido el hecho de que yo me levantase del mismo banco en el que ella estaba sentada y que al estar cojo de una pata y liberarse de mi peso, la hizo saltar hacia arriba. Yo seguidamente, y debido al grito, también me asusté con lo que repliqué el grito y en ese momento todo el pasillo miró hacia donde los dos estábamos, así que mi disfraz de camuflaje desapareció por completo! Pero bueno nada que no se pudiese arreglar con la gracia tonta de meter la mano bajo mi jersey y hacer como si mi corazón bombease exaltado, lo que arrancó las risas de todo el pasillo, mi pasillo ya... ;)
Pasadas las horas y tras leer un poco la prensa paraguaya, decidí que ya era hora de encontrar a el cocinero encargado de repartir las hamacas, y tras un fuerte apretón de manos, menuda mano tenía el tipo!, y sin mediar más palabras que un escueto "hola", me dijo: "tu hamaca es la segunda del pasillo, la azul", yo miré y aunque la posición de la misma no era la mejor de todas tampoco era la peor, así que en vez de intentar renegociar nada, asumí mi suerte y me volvía al sitio...
Poco a poco las horas iban pasando, al igual que los pequeños poblados a la orilla del río a los que una lancha motora iba acercando la gasolina, la fruta y verdura y todo aquello que, tal y como me enteré después, habían solicitado la semana anterior. Todo transcurrió así durante la tarde, a excepción hecha de una parada que el barco realizó en un poblado donde descargaron bastantes cosas. 
Al llegar la noche y sin prestar mucha atención al proceso de cómo había sucedido aquello, me ví sobre la cubierta de aquel barco mercante hablando con cinco chavales jóvenes, que miraban atónitos como me liaba un cigarrillo. Iban a unas haciendas en las profundidades del Chaco paraguayo, a cabalgar y vivir al raso durante cuatro meses cuidando ganado, y aunque solo hablaban español dos de los cinco las risas y la curiosidad mutua hicieron el resto. Cerveza va cerveza viene, acabamos compartiendo tereré y cigarrillos de liar hasta que el sol se puso sobre el horizonte, en un atardecer memorable.
Llegada la noche me tumbé en la hamaca, no sin cierta dificultad, lo que supuso las risas de mis nuevos compañeros de viaje, que debajo de mi, durmiendo tirados en el suelo del barco (tan solo el jefe de ellos, un tipo que había aparecido bastante poco en escena sin pronunciar muchas palabras) tenía camarote. El caso es que me fui dejando mecer en un agradable sueño que solo se vio interrumpido cuando de la nada, me cayó una lata de cerveza vacía que evidentemente me despertó, al analizar la situación y llegar a la conclusión de que solo había podido ser el jefe del grupo, ya que, junto con otro de los cinco con los que había estado hablando y con el que había hecho buenas migas (el no podía ser), era el único que estaba borracho y despierto. En el momento que pasó a mi lado minutos más tarde, cogí la lata de cerveza aplastada y le dije con cierto acojono por lo que podía desencadenar esa situación: "se te ha caído esto", y el hombre me miró y me dijo nervioso... "no..., ehhh, no... ¿a que hora te lo han tirado?" y yo, que no daba crédito a su respuesta, y viendo su indecisión le dije "que más da eso, el caso es que tu me has tirado esta lata, y no entiendo por qué, ¿te he hecho yo algo?", pero al ver el estado de embriaguez de aquel armario empotrado paraguayo, y que el hombre no hacía más que decirme "todo bien, todo bien amigo, no pasa nada" mientras me ofrecía su mano, pensé que esta era la mejor forma de terminar el desagradable incidente, así que con cara de pocos amigos le día la mano, me giré en mi hamaca y me dormí en un placido y seguro sueño.
El día siguiente tuvimos varias paradas en diferentes puertos, en uno de ellos, estuvimos cerca de dos horas descargando mercancía, y lo hicimos a través de la cubierta de otro barco que ya estaba amarrado a puerto, y como este no daba para más que un barco, tuvieron que hacerlo así. Bajé a tierra me compré un pan que unos chavalillos del puerto me ofrecieron, y contemplando la escena desde tierra disfruté como un enano. Y así, con la navegación reiniciada, poco a poco, se fue echando la tarde sobre un inabarcable río, y desde el momento mágico de la puesta de sol, y sin saberlo, me dispuse a vivir una de los momento de mayor conexión conmigo mismo y con el entorno que creo que he vivido nunca.
Durante una hora y media, me acomodé entre los trastos de proa, buscando un sitito camuflado para disfrutar de como iban apareciendo las estrellas sobre estos nuevos horizontes que tantas ganas tenía de descubrir, y pasado un rato, uno de los cinco tipos, que prácticamente no hablaba castellano, apareció entre los trastos... Evidentemente le invité a compartir el momento, y con una lata de cerveza y un intercambio de cigarrillos de liar... (yo no daba crédito), mantuvimos un intercambio de frases palabras y gestos, que me costaría mucho reflejar en palabras. Lo que me supuso aquella "conversación", con el telón de fondo de un cielo cubierto de estrellas, me llevó al descubrimiento de una realidad a la que de ninguna otra forma habría podido llegar.
Dieron las nueve y media y al meterse el sol sobre las siete de la tarde, prácticamente sobre esas horas la vida en el barco ya se había sumido en un tranquilo sueño, así que este tipo terminó de relatarme como vivían durante cuatro meses en la naturaleza más salvaje y decidió que ya era hora de irse a dormir, así que de nuevo, y saboreando la experiencia, me quedé a solas en la proa del barco, y mientras las horas pasaban atemporalmente con la grandiosa Cruz del Sur a popa, y en un cielo en el que no cabían más estrellas, me sumí en una sensación que creí insuperable, hasta que me puse de pié, me acerqué a la barandilla, y allí, solo para mi y con la misma tranquilidad que me corría por dentro, las aguas de enormísimo río Paraguay confluyeron con las de otro gran río, formando un enorme espejo en el que se reflejaba las estrellas del cielo con tal claridad que parecía no existir nada más que la inmensidad del todo. Ese día, en ese momento, me sentí realmente un viajero.
El día en que me convertí en viajero. Reviewed by Miguel Clark on 12:04:00 Rating: 5

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