A la orilla de un gran río...
6 de marzo de 2013.
Llego a Viedma sin esperar mucho de esta localidad. Serán tres días de procesar todo lo vivido en Buenos Aires, pasear y esperar al mítico tren patagónico, que solo sale una vez por semana hacia Bariloche, hacia los Andes...
Pero una vez más, ¡sorpresa! En el hostel conozco a Luis, persona de avanzada edad, con quien, tras compartir cuarto en el hostel, desayunar y tener una agradable charla, me demuestra de nuevo que la edad no es impedimento para nada. ¿Qué hace un señor de en torno a 70 años durmiendo en un hostel, diseñado a priori para gente joven, a la que las camas reventadas y los colchones testimoniales parecen importarles menos? Pues, además de demostrarme que estoy equivocado con lo de las incomodidades, compartir, hablar y seguir intercambiando experiencias y conocimientos, que los tenía y a raudales.
Psicólogo implicado en mejorar la realidad de los presos de las cárceles del país, participó, junto a quien hoy es la presidenta de la asociación Madres de Mayo, Hebe de Bonafini, en los primeros días de las movilizaciones en la mítica Plaza de Mayo. Y cuando ella sale en la tele, te dice: "Puf, esa mujer es intratable, tiene un carácter... Pero si no hubiese sido por ella aquel día en el que los militares se infiltraron en una iglesia para asesinar a siete personas, entre ellas cuatro Madres de Mayo, para así intentar amedrentar a los que ya estábamos reunidos en la plaza... no hubiésemos aguantado. Teníamos miedo, claro. Pero cuando mirabas las ventanas de la Casa Rosada, y las veías cerradas a cal y canto, te dabas cuenta de que, en el fondo, ellos también tenían miedo."
Hace ya más de treinta años que los días de terror pasaron, pero al comienzo de la dictadura militar argentina, los militares iniciaron una operación de terror contra todos los que pensaban diferente, en su mayoría jóvenes. Corría el año 1976, y al ver sus madres que sus hijos, tras las detenciones, no volvían a sus casas, empezaron a recorrer todos los estamentos preguntando dónde estaban.
Treinta mil desaparecidos por todo el país llenaron de lágrimas e indignación a sus respectivas madres, que, desafiando los días más violentos de aquellos comienzos dictatoriales, salieron a las plazas de todo el país para preguntar dónde estaban sus hijos, y cuando les dijeron que no podían permanecer quietas en la plaza, se pusieron a andar en círculos. Todas con un pañuelo blanco en la cabeza.
Hoy siguen constituidas como asociación, pues aún no se sabe el paradero de muchos de los desaparecidos, y por eso, en cada plaza de cada ciudad argentina de las que he visitado, hay, pintados en el suelo, pañuelos blancos.
Pienso en todo esto mientras paseo por la bonita orilla del río Negro. En esto y en los primeros pobladores de América, de los que también Luis me hizo, durante un par de horas, un breve resumen. Mapuches-Araucanos, Collas, Guaraníes, indios de río, Incas se ubicaron en el mapa para mí y se multiplicaron las ganas de conocer más, de saber más.
Una preciosa puesta de sol y otros dos grandes personajes, Michele (un italiano muy majete) y Mata (bonaerense y gran trabajadora en la distancia), pusieron un gran punto y final a una parada que, en principio, no prometía nada, y resultó ser de lo más interesante.
Llego a Viedma sin esperar mucho de esta localidad. Serán tres días de procesar todo lo vivido en Buenos Aires, pasear y esperar al mítico tren patagónico, que solo sale una vez por semana hacia Bariloche, hacia los Andes...
Pero una vez más, ¡sorpresa! En el hostel conozco a Luis, persona de avanzada edad, con quien, tras compartir cuarto en el hostel, desayunar y tener una agradable charla, me demuestra de nuevo que la edad no es impedimento para nada. ¿Qué hace un señor de en torno a 70 años durmiendo en un hostel, diseñado a priori para gente joven, a la que las camas reventadas y los colchones testimoniales parecen importarles menos? Pues, además de demostrarme que estoy equivocado con lo de las incomodidades, compartir, hablar y seguir intercambiando experiencias y conocimientos, que los tenía y a raudales.
Psicólogo implicado en mejorar la realidad de los presos de las cárceles del país, participó, junto a quien hoy es la presidenta de la asociación Madres de Mayo, Hebe de Bonafini, en los primeros días de las movilizaciones en la mítica Plaza de Mayo. Y cuando ella sale en la tele, te dice: "Puf, esa mujer es intratable, tiene un carácter... Pero si no hubiese sido por ella aquel día en el que los militares se infiltraron en una iglesia para asesinar a siete personas, entre ellas cuatro Madres de Mayo, para así intentar amedrentar a los que ya estábamos reunidos en la plaza... no hubiésemos aguantado. Teníamos miedo, claro. Pero cuando mirabas las ventanas de la Casa Rosada, y las veías cerradas a cal y canto, te dabas cuenta de que, en el fondo, ellos también tenían miedo."
Hace ya más de treinta años que los días de terror pasaron, pero al comienzo de la dictadura militar argentina, los militares iniciaron una operación de terror contra todos los que pensaban diferente, en su mayoría jóvenes. Corría el año 1976, y al ver sus madres que sus hijos, tras las detenciones, no volvían a sus casas, empezaron a recorrer todos los estamentos preguntando dónde estaban.
Treinta mil desaparecidos por todo el país llenaron de lágrimas e indignación a sus respectivas madres, que, desafiando los días más violentos de aquellos comienzos dictatoriales, salieron a las plazas de todo el país para preguntar dónde estaban sus hijos, y cuando les dijeron que no podían permanecer quietas en la plaza, se pusieron a andar en círculos. Todas con un pañuelo blanco en la cabeza.
Hoy siguen constituidas como asociación, pues aún no se sabe el paradero de muchos de los desaparecidos, y por eso, en cada plaza de cada ciudad argentina de las que he visitado, hay, pintados en el suelo, pañuelos blancos.
Pienso en todo esto mientras paseo por la bonita orilla del río Negro. En esto y en los primeros pobladores de América, de los que también Luis me hizo, durante un par de horas, un breve resumen. Mapuches-Araucanos, Collas, Guaraníes, indios de río, Incas se ubicaron en el mapa para mí y se multiplicaron las ganas de conocer más, de saber más.
Una preciosa puesta de sol y otros dos grandes personajes, Michele (un italiano muy majete) y Mata (bonaerense y gran trabajadora en la distancia), pusieron un gran punto y final a una parada que, en principio, no prometía nada, y resultó ser de lo más interesante.
A la orilla de un gran río...
Reviewed by Miguel Tárrega Fernández - Mellado
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11:41:00
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