Pequeña Suiza argentina y la Region de los Lagos
9 de marzo de 2013
Llego a San Carlos de Bariloche. Es genial, como dicen los argentinos, lo de Bariloche, y lo primero que me sorprende es la plaza central del pueblo, pues si no fuese por el banderón argentino y los pañuelos blancos de las Madres de Mayo pintados en el suelo (junto con otros tantos grafitis...), parecería que estoy en cualquier pueblo de los Alpes suizos. Las chocolaterías invaden la calle principal con mil tipos de chocolates diferentes, y como hoy hace frío y mires a donde mires solo ves altas montañas... el sitio es espectacular. Con el gran lago Nahuel Huapi como talón de fondo, esta pequeña ciudad de 100.000 habitantes se extiende colina arriba, olvidando sus orígenes coloniales suizos a medida que vas ascendiendo.
Allí estuve tres días, ya que el hostel estaba genial: tranquilidad, vistas desde el piso diez, buena música, nuevos viajeros y muchísimas cosas para hacer.
Subí al cerro Llao Llao después de una rutita en bici que me llevó todo el día, y allí, después de una breve caminata con la tarde comenzada, contemplé una de las mejores vistas que uno ha podido disfrutar. Lagos profundos, aguas glaciales salpicadas por pequeñas islas que se confunden con el amalgama de matices de azules... Puf, era para haberse quedado petrificado formando parte de aquel paisaje sin importar el tiempo.
Subí al cerro Catedral unos días más tarde, y cuando por la mañana, que la luz es diferente, pude contemplar desde un punto un poco más alto 360 grados de inmensidad y esplendor andino, me apabulló tanto y me impresionó tanto, que reforcé mi vínculo con la madre naturaleza hasta tal punto que, en la bajada, aun sintiéndome bastante pleno y feliz por lo que acababa de ver, pensaba en lo cazurros que somos como especie, destrozando el entorno en el que vivimos como si no formásemos parte de él. Me embarga la incomprensión. Solo por unos momentos me vuelve a la cabeza Mafalda: "que paren el mundo que yo me bajo", pero solo por unos momentos, pues afortunadamente el viaje sigue y aún queda mucho por descubrir y por admirar, y el pesimismo, en eso, no tiene cabida. Además, después de lo contemplado no hay más que buscar en tu mente y sumergirte en las nuevas imágenes grabadas en tus "favoritos" para siempre, para que todo el mal rollismo desaparezca.
Os sigo contandooooo.
Llego a San Carlos de Bariloche. Es genial, como dicen los argentinos, lo de Bariloche, y lo primero que me sorprende es la plaza central del pueblo, pues si no fuese por el banderón argentino y los pañuelos blancos de las Madres de Mayo pintados en el suelo (junto con otros tantos grafitis...), parecería que estoy en cualquier pueblo de los Alpes suizos. Las chocolaterías invaden la calle principal con mil tipos de chocolates diferentes, y como hoy hace frío y mires a donde mires solo ves altas montañas... el sitio es espectacular. Con el gran lago Nahuel Huapi como talón de fondo, esta pequeña ciudad de 100.000 habitantes se extiende colina arriba, olvidando sus orígenes coloniales suizos a medida que vas ascendiendo.
Allí estuve tres días, ya que el hostel estaba genial: tranquilidad, vistas desde el piso diez, buena música, nuevos viajeros y muchísimas cosas para hacer.
Subí al cerro Llao Llao después de una rutita en bici que me llevó todo el día, y allí, después de una breve caminata con la tarde comenzada, contemplé una de las mejores vistas que uno ha podido disfrutar. Lagos profundos, aguas glaciales salpicadas por pequeñas islas que se confunden con el amalgama de matices de azules... Puf, era para haberse quedado petrificado formando parte de aquel paisaje sin importar el tiempo.
Subí al cerro Catedral unos días más tarde, y cuando por la mañana, que la luz es diferente, pude contemplar desde un punto un poco más alto 360 grados de inmensidad y esplendor andino, me apabulló tanto y me impresionó tanto, que reforcé mi vínculo con la madre naturaleza hasta tal punto que, en la bajada, aun sintiéndome bastante pleno y feliz por lo que acababa de ver, pensaba en lo cazurros que somos como especie, destrozando el entorno en el que vivimos como si no formásemos parte de él. Me embarga la incomprensión. Solo por unos momentos me vuelve a la cabeza Mafalda: "que paren el mundo que yo me bajo", pero solo por unos momentos, pues afortunadamente el viaje sigue y aún queda mucho por descubrir y por admirar, y el pesimismo, en eso, no tiene cabida. Además, después de lo contemplado no hay más que buscar en tu mente y sumergirte en las nuevas imágenes grabadas en tus "favoritos" para siempre, para que todo el mal rollismo desaparezca.
Os sigo contandooooo.
Pequeña Suiza argentina y la Region de los Lagos
Reviewed by Miguel Tárrega Fernández - Mellado
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16:40:00
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